Está comprobado que los abrazos largos, que duren 15 segundos o más (si
se trata de caricias tienen que durar al menos varios minutos), poseen realmente efectos muy positivos sobre nuestra
salud, entre ellos:
-la reducción
del estrés y la ansiedad,
-equilibran
la presión arterial(si la tienes baja subirá, y si la tienes alta,
bajará hasta encontrar su punto medio),
-mejoran
el sistema inmune,
-elevación
del estado de ánimo (te ponen más contento/a),
-relajación
muscular,
-generación
de confianza y seguridad,
-mejora
la autoestima,
-rejuvenece
el cuerpo,
-reducción
del riesgo de demencias y de enfermedades cardiovasculares (¿sabías que,
durante la pandemia, muchas personas mayores que estuvieron aisladas y no
recibieron visitas enfermaron de estas patologías muy gravemente? Pues sí),
-aumento
de la oxitocina (conocida como “la hormona del placer” y la responsable
de la creación de vínculos afectivos con nuestra familia y amigos).
Los abrazos se pueden dar a cualquier ser vivo para que nos aporten todos esos beneficios (desde familiares, a amigos, e incluso a mascotas, siempre que éstas sean de “sangre caliente”, sobre todo me refiero a perros y gatos).
También puedes probar a
darte un abrazo a ti mismo, o incluso imaginar (lo más vívidamente posible que
se lo das a un ser querido, aunque no esté físicamente a tu lado), aunque lo
más efectivo es que provenga a un familiar o amigo íntimo que esté presente en
ese momento.
Así que, mi consejo es que
cuando vayas a dar un abrazo, éste sea largo. Y que cuando te lo den, pidas que
sea largo (o no te sueltes)… no tengas vergüenza (también estás beneficiando a
la otra persona con la que te estás abrazando).

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